Los sueños hacen su juego durante tu sueño. Te
ausentás con aviso de ojitos cerrados. Sin embargo, no se acalla tu decir, y no
se detiene tu misterioso código de señales: tus manos también hablan. ¿Sueños
de la mar enigma? ¿Sueños de tus primeras miradas sobre este pedazo de San
Cristóbal? ¿Sueños de mamá, papá, los amigos, los familiares? Todo se hace
posible en tu relato de palabras cortas, nuevas, chiquitas: palabritas abiertas
entre el aroma de los pezones y el chasquido del piquito de labios finos que a
veces permite el asomo, y el asombro, de lengua tan tenue, como concebida en
noches de acuarelas y silencios. Sueños en pinceladas y entonces te imagino
navegando en barquitos de papel por el agua primordial, acompañada de marinos
con cara de monito de colores y ojos de mamá Evangelina, y todos barbudos como
papá. La canción del Tata dale que dale de día y de noche para que tus manitos
atrapen el aire, para que del aire hurten los sonidos que acarician, y para que
detengas los que no. Porque nace tu seña rápida, segura: Sí, vos, che, pá, que no
con el ruido de la bolsa plástica que guarda galletitas. Tu manito salió rauda
hacia el ángulo de tu cielo y detuvo la queja intrusa. Ayer a la noche volví a
pensarte. Te vi dormida en la cama grande. Mamá dormía, desmayada, un tanto
lejos de vos. Contemplé tu sueño de recuerdos recitado con pases de escultora
que sabe de amasar abstracciones en el aire. Escuché el idioma que cantan los
recién llegados. No sé cómo logré seguir con mi vigilia de espía: ¿cómo andar
de adivino entre tus sueños al tiempo que intentaba atrapar un puñado feliz de
mis lágrimas?, ¿cómo pretender el resguardo de tus sonrisas con mis manos?
jueves, 24 de mayo de 2012
miércoles, 16 de mayo de 2012
Una historia para Julia (VI)
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| Foto: Eduardo Noriega |
A las once de la noche del viernes 27 de abril
hizo agua el mar donde vivías y como río inició el desborde piernas abajo de
mamá Evangelina. Ella se aferró a un almohadón mientras permanecía parada,
flotando, al lado de la cama. Reía, dijo: No sé qué hacer. Tu abuela Olga se
asomó al dormitorio: ella también reía. A la medianoche mamá, Irma, la partera,
y yo, estábamos ocupando las mejores ubicaciones en la sala de parto. De manera
lenta comenzaron los aprontes. Que gotitas mágicas en el suero, que preguntas
sobre cómo iba a ser: es decir, volvimos a hacer las preguntas de siempre. Que
caricias en el pelo, que nos mirábamos mucho con Evangelina. Es increíble cómo
sucede la vida, Julia, porque ella transcurre, parece que sube o que baja: ella
la que alumbra. La vida empujada por el viento o siendo el mismísimo viento, y
entonces todo, absolutamente todo termina llegando, sucediendo, y uno ahí: de
pura vida y pura sorpresa. Pensé en que todo llega cuando me vi en el vestuario
de la clínica: con ropa de enfermero, con un gorro blanco en la cabeza. Tanto
pensar en ese momento y el momento ya era, ahí estaba, presente mi imagen en el
espejo. Mamá se portó de maravillas, hizo caso a la partera, hizo chistes, se
reía de papá, estaba feliz. Hubo diez minutos en que mamá sintió dolores, un
rato de susto, pero todo estaba controlado, seis personas sabían qué hacer
mientras te esperábamos. Tres veces pujó mamá, tres veces te llamó, y vos que
empezaste a habitar la luz del primer instante, la luz de los días en este barrio.
Vi cómo te deslizabas camino hacia nuestra vereda, vi cómo hacías esquina sobre
el pecho de mamá Evangelina. Te limpiaron, venías de la mar misterio, ya te
dije. Las agujas del reloj marcaban las dos cincuenta y dos de la mañana del 28
de abril. Llegó la luz, te vi y encontré los ojos de mamá.
jueves, 10 de mayo de 2012
Una historia para Julia (V)
Gran
convocatoria de familiares y amigos encronopiados
de alegría se dieron cita en la clínica Bazterrica. Habías nacido unas pocas
horas antes y las manos festejantes, en un puñadito de momentos, trabajaron
felicidades varias. Era sábado de mediodía cuando los papás de Azul llamaron
por teléfono: Que saludos y besos, dijo Antonia, Que te felicito, dijo el Tata.
Dijo también el Tata: Decime qué le dedico esta noche. Él es músico y esa noche
tocaba en un boliche de San Telmo. Pedí La
cerveza del pescador Schiltigheim, un poema de Raúl González Tuñón que
tanto me emociona: el Tata lo hizo música y maravilla. Entonces, esta noche, en
San Telmo, la toco para Julia. Fijate, pibita, cómo ciertos hechos de la vida,
de la parte mágica de la vida, se juntan para dar flor. Venís desde el beso de la
poesía y la música, y desde el primer día en este refugio de San Cristóbal,
escuchamos uno de los últimos discos del Tata: Corazón de piel afuera. Sorpresa volver a escuchar la “Canción del
niño y el caracol”: Sol / por aquí /
baja, / caracol / caracol de mi corazón. / Vuelve / sube, / manito / por el
aire, / dedito / suave / a mi frente, / caracol / caracol de mi corazón. Porque
son sorpresa desde el primer momento tus manitos. Ellas dibujan fantásticas
coreografías en tu aire cercano: chiquitas, perfectas, tranquilas mientras las
lleva la música. No me canso, Julia querida, de mirar tus manitos, de esperar
su roce, su hacer: ellas las que hablan, las que cantan y bailan. La música las
acompaña, a veces la del mismísimo misterio de lo humano; a veces, la música
del quehacer arduo de los hombres. La canción pequeña la escribió el poeta
Miguel Ángel Bustos, desaparecido durante la noche del espanto, y la música la
acuñó tu amigo el Tata Cedrón.
Julia, vos, la que viene desde el beso.
Julia, vos, la que viene desde el beso.
martes, 1 de mayo de 2012
Un historia para Julia (IV)
Naciste el 28 de abril de 2012, exactamente a
las 02.52 del sábado. Te esperamos durante casi tres horas, tan contentos como
nerviosos. La verdad era la misma para los tres: todos nos asomábamos a un
mundo nuevo lleno de nuevos mundos más pequeños. Paisajes sucesivos, como si fuéramos
mirando desde la ventanilla de un tren: en la sala de parto las primeras
miradas, los primeros roces con la vida, la unión definitiva de nuestras
presencias. Te quejabas un poco cuando te tuve por primera vez en mis brazos.
Callaste enseguida. Tus ojos oscuros me llamaron la atención, también tus
pestañas largas. Te miré y sentí que vos me mirabas. Un instante de silencio.
Fue en ese silencio que me dije: ¿De dónde venís, Julia? Y cuando pregunté “de dónde”
entendí que no preguntaba por la historia reconocible de tu cuerpo, preguntaba
porque sentí que vos llegabas de un lugar desconocido y maravilloso. ¿De dónde
tu alma, Julia? Lo sé: Del misterio. Tus ojos guardan el secreto.
miércoles, 25 de abril de 2012
Una historia para Julia (III)
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| Techos de San Cristóbal |
| Vista de "El Náutico" |
Liliana Bustos: una mujer cronopio
Acá
estoy, piba, sentado al escritorio para entrarle una vez más a la tinta. Podría
escribirte con tinta roja, pero elijo hacerlo en la portátil, no sé si te dije,
con ella recuperé la intimidad de la máquina de escribir. Ayer te escribí el
mensajito semanal, pregunté cómo andabas, y fue Laura, tu hija, la que me
contestó que vos, su mamita, se había ido al cielo.
Al
final me quedé en el barrio como lo había imaginado, sabía que no te iba a volver
a ver. Sabía además que vos también sabías. Creo que guardamos silencio porque hay
palabras, frases, ideas, que es mejor dejar ocultas en las sospechas, las
adivinaciones. Hoy caminé hasta el principio de tu memoria, fui con tu gente
hasta la puerta del crematorio en La Chacarita. Todos
tristes. Todos sabiendo quién eras.
Me
dije al llegar que habrá que aprender a caminar esta Buenos Aires sin vos: la
ciudad y los bares viejos, desde ellos el inicio del tiempo: de tu tiempo de estar
fuera del tiempo.
Sentado
a un banco frente al crematorio pensé en vos, y pensé en Julia, mi hija que está
a dos semanas del primer llanto. Supe también que cuando llegue ese momento vas
a estar conmigo. Siempre me gana un pensamiento cuando la vida muestra irónica,
sin concesiones, su doble faz: al principio las imágenes me sorprenden, luego aparece
una reflexión que al segundo ensaya una mueca burlona: porque es estúpido
sorprenderse de que en un mismo momento la gente pueda estar viviendo
instancias tan disímiles. Una pavada de pensamiento, lo sé, porque simplemente
así sucede, pero no lo puedo evitar, ante la realidad despareja, me sorprendo,
me maravillo y me siento culpable. Es entonces cuando me gana la sensación de
que es exactamente ahí, en ese cruce diverso de suertes y ausencias, donde
descansa la intermitencia de la felicidad en la vida. Estoy a punto de enterarme qué es ser padre
mientras vos te estás yendo, mientras te lloro en La Chacarita. Sabés ,
la felicidad se parece a la intermitencia propia de un bichito de luz, y creo
que en lo posible deberíamos hacer memoria cuando enciende y, por qué no,
también cuando apaga.
Laura
leyó el poema Relación de Harry
Martinson, dijo que a vos te gustaba, dijo también que eras: “Una mujer
especial, una mujer cronopio, como le decía Edgardo”, y entonces la definición
saltó a escena. Es cierto, me dije mientras se me caían las lágrimas. Una buena
definición de Liliana Bustos, acertada, que se había escondido entre recuerdos.
Te cuento en dos imágenes: estabas contenta cuando disparaste la cámara sobre
el techo espejado del ascensor, la vez que me hiciste las fotos para Morir por Perón; y tu risa, bien
ruidosa, como siempre, cuando escuchabas mis historias durante nuestro último
café en La Perla
de Once.
Caminé
por una calle diagonal adoquinada. Me fui alejando lento. Te aseguro que cada
paso, cada adoquín retumbó en mi alma. Me encontré en un estado desmesurado de
conciencia de mí mismo. Supe más, todavía más, de mi sangre, de mi memoria: mi
identidad. Fue entonces que el llanto comenzó a aquietarse. Fue entonces que me
sentí reconfortado porque una persona como vos se quedaba en mí: vos, mi
hermana, una buena piba, se queda conmigo para el resto de los días.
En
agosto de 2007, mi
amiga Liliana expuso fotografías en la Fotogalería de la Facultad de Ciencias
Sociales, en la sede de Constitución. La entrevisté para el periódico Desde Boedo. Le pedí que me contara la
historia de la muestra El tiempo de los
bares.
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| Liliana Bustos por Liliana Bustos en el café Porteño |
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| Liliana Bustos |
viernes, 20 de abril de 2012
Una historia para Julia (II)

Julia reconoce las voces. Como si fuera un cuento para chicos, así me lo contaron y entonces pensé en vos. Y me encontré escuchándome porque vos me escuchabas. No importaba saber cuánto entendías las palabras de los grandes, era saber que sabías de la música de cada uno. También pensé en todo lo que te vengo diciendo dentro de mi silencio, en mi contemplación de mamá Evangelina. Pero cuando apoyo la mano sobre la panza de mamá para acariciarte, quiero que sepas, las palabras casi no me salen, y tampoco me aparecen mucho los pensamientos. Ya me vas a conocer mejor, siempre le ando dando vueltas a las ideas y las imágenes, porque mi oficio es la escritura y me gusta contar historias y mirar cómo vive la gente. Te decía que cuando te acaricio tan cerca y un tantito más lejos que mañana, no me salen muchas palabras, ni ideas, ni pensamientos, y que a veces mamá quiere escucharme y por ahí pregunta, y yo, bueno, creo que me pasa como a vos, te reconozco en la música y no sé, me digo: ¿importa saber cuánto puedo entender de las maneras de decir de los más chicos?
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