sábado 22 de agosto de 2009

Boedo o lo invisible permanente


Una vez mi viejo me dijo que él se había hecho hombre en Boedo. Allá por los años 40, él vivía sus días de pibe en un conventillo ubicado sobre Independencia, entre Colombres y Castro Barros. En el patio de ese conventillo enterró su primer tesoro: una escupidera abollada llena con bolitas. El mapa del tesoro se disolvió en la memoria temprana y no volvió a encontrarlas. En Boedo, hasta las bolitas se hacen aire y recuerdo. En este barrio se acentúa lo espiritual por sobre la marca física, como escribió el poeta boedense Rubén Derlis: Por las calles de Boedo lo invisible permanente rebasa de emociones el alma. El poeta Derlis avisa: Boedo no muestra nada… Todo lo que fue, de alguna manera, está en el latir de su gente, permanece vivo en la memoria colectiva y a través de ésta mantiene encendida su llama.
Anotaba entonces que la escupidera llena de bolitas jamás retornó del infraBoedo, donde al parecer rigen las mismas leyes que en la superficie. Las bolitas se hicieron aire como los momentos compartidos en el café por los hacedores del Grupo de Boedo: ni pista de la escupidera, tampoco del café. El poeta dejó su marca: después de haber vivido casi veinte años en el barrio o en algunos de los refugios que respiran dentro de su órbita, puedo afirmar que no hay manera de esquivarle a la gambeta que se acomoda en la geografía: en Boedo todo se hace aire o recuerdo, una misma caricia origina una memoria que no duele.
No quiere decir esto que las ausencias no se noten, la ausencia es ausencia en todos lados, hasta en Florida; digo que, en este Boedo de sintonía espiritual, se siguen fundando las caminatas que hacen a las vidas en medio de un paisaje de buena compañía. Si voy al Margot, sé muy bien que el Profe Ricardo De Biasse ya no está, y que tampoco está el Gordo González: y efectivamente no están, pero existe una pulsión en contrario: en ella se originan los buenos fantasmas. Para que un día nos queden unos cuantos recuerdos: decir, estuve, / estuve en tal pasión, en tal recodo. / Estuve, por ejemplo…, escribía el poeta Raúl González Tuñón y es inevitable, transcribo las líneas y termino en la voz del Tata Cedrón: canta La cerveza del pescador Schiltigheim y entonces tomo un poco de aire para poder seguir.
En Boedo estuve, por ejemplo, también en el Margot, con el mismísimo Cedrón. Hoy nos vemos de vez en cuando, pero en aquellos días en que el Tata le ponía música a los poemas de Homero Manzi que forman su obra Frisón Frisón, recuerdo que cantó bajito, para el amigo, como si fuera pura y simple palabra de café, la letra completa de Palabras sin importancia. En el barrio ocurre así, se puede decir estuve, estuve en aquella mesa, y de hecho se dice con tamaña felicidad porque todo se queda en el aire.
Escribo, tomo del aire de mi barrio y de mi memoria, las imágenes de algunas mujeres maravillosas. Gasté vida en Boedo, gasté sueños de amor en mis sucesivos departamentos alquilados. Llego hasta ellas cada vez que necesito hacer un alto: giro sobre la vereda y busco con la mirada. Busco en San Juan y Avenida La Plata, busco en Muñiz, entre San Juan y Bidegain, busco (ya en la órbita) en Independencia y Uriburu, y entre las palabras dichas y las calladas las encuentro. Cada vez que llego hasta ellas no hay dolor. En estas apariciones, el espíritu de mis calles se manifiesta decidido, nada ha quedado, nada a la vista, y sin embargo, ahí están, ahí estoy, sabiendo que hubo historias y que puedo volver para visitarlas. Sé que estuve en historias, en varias; y sé que estuve en una sola de amor verdadero.
Recuerdo noches de billar, noches de viernes, con mi amigo Marcelo Caballero. Durante varios meses nos encontramos en Boedo, hace ya muchos años. Los dos solos. De charla durante la cena, de charla mientras buscábamos el efecto correcto. Los vasos a un costado de la mesa, nuestro lugar de amistad en el punto iluminado del gran salón. Creo que nunca se lo dije, pero guardo esos momentos como festejo de la vida. En ese espacio temporal se jugaban sueños y aspiraciones, y es bueno saber que hoy siguen siendo los mismos. Si bien el billar hoy sigue en el mismo lugar, sé que ya no estamos, sé que puedo decir estuve, estuve en aquellas noches; y tanto estuve que a veces, tentado de saudade boedense, que también la hay, espío desde la vereda. Es inútil, pero la acción instintiva es parte del aire, de lo invisible permanente.
Puedo decir que en Boedo fundé el proceso de mi escritura. Un cariño especial genera el recuerdo de los primeros escritos que buscaban pista en las personas otras, es decir, las que estaban más allá de los amigos de siempre. Pienso en las porquerías que encerraba cada construcción: basuras de distinto tenor graso, pero tan necesarias a la hora del camino por hacer. En Boedo enfrenté el proceso de desmierdado de mi mano, de mi alma, para así poder contar historias un poquito mejor. Nada de este trabajo se perdió, está siempre ahí, a la mano del recuerdo (los papeles por suerte fueron al tacho hace años). Boedo me cuidó, me cuidé en Boedo, y su historia se fue guardando en mi escritura. Cuando, de casualidad se podría decir, terminé viviendo en el barrio, enseguida tuve conciencia de que en ese lugar había vivido mi viejo de pibe y de muchacho: mi viejo había sido muchacho de café en sus calles. Mientras iba de camino en la escritura, Boedo me fue acercando detalles de su historia y marcas de su geografía para que se fueran guardando en mi trabajo. Pero también descubrí que ya antes, desde la memoria de mi viejo, ciertos guiños ya habían anidado en pequeñas palabras. Estuve de escritura en Boedo, estuve en la mesa de café donde el poeta Derlis tendió el puente con Mario Bellocchio, que daba los primeros pasos con su periódico. Digo que estuve, hace ya como siete años, en aquel momento del naciente Desde Boedo, una caricia que sigue alimentando mi espíritu.
Camino Boedo en tranquila contemplación. Me gusta caminar por Estados Unidos rumbo a la avenida madre. La gente se mueve a otro ritmo, de la mecánica de vida del barrio se desprende la esperanza de una vida en paz. Como en todos lados, en Boedo también hay lugar para algunas miserias de poca monta: los autotitulados, los falsos próceres, los siempre listos para la foto, los adoradores del poder de turno, ellos también estuvieron; ellos también pueden decir: estuve, sí, estuve, pero no entendí nada. Camino hacia Boedo, a veces por la sombra, a veces por la vereda del sol, mañana voy a poder decir estuve, estuve, en los días previos a que la plaza anclara en el barrio. Hoy necesito saber que Boedo está al alcance de mi mano: estar a cuadras del Margot, a cuadras del Espacio Teatral Boedo XXI, de las veredas anchas y de la vida que no para de hacerse historia.
Haciendo algún tipo de arqueología barata, y concentrándome en mi apariencia de escombros -y digo apariencia porque me descubro en oposición a lo que generalmente se toma como verdad absoluta: llegar a viejo es seguir una huella premoldeada- afirmo que a la flecha del tiempo se le puede acomodar una observación válida. En Boedo construí, hasta ahora, la mejor parte de mi vida. En este barrio fundé mis patrias internas: mis territorios no negociables, por eso mismo no cotizan en bolsa plástica. Descubrí que fue bueno haber sido el estúpido necesario durante treinta años, para luego quedar en posición de aprender sobre la vida, hablo de entender a conciencia pequeños detalles tales como poder elegir en qué lugar me paro, en qué me anoto y en qué no, en qué creo, en qué pilares me fundo. Descubrí que volví a nacer a los treinta y no está mal, algunos no terminan de nacer ni a los ochenta, y es por eso que hoy no encuentro escombros en el espejo sino la mejor juventud.
Me sucedió en Boedo, en esta vida única de personas simples que quieren vivir en una sociedad más justa; hoy puedo decir que, al igual que mi viejo, yo también me hice hombre en Boedo, del camino cierto nada ha quedado a la vista, eso sí, estuve, también estuve dentro de lo invisible permanente.

viernes 10 de julio de 2009

Oíd, inmortales, el chillido sagrado

El jabón picó hacia el cielo descascarado del baño. Escapó de mis manos, nunca me había sucedido. Subió y subió hasta que ya no, y como la manzana del señor Newton inició el camino de vuelta a casa. Pero esto no significó que volviera a mis manos cual bumerang de Príncipe Dinosaurio. El pan de jabón, un extraño maná si se quiere, que caía del cielo eligió un atajo lateral para llegar mucho más abajo de su lugar de partida. Fue cuando sucedió lo inesperado: no rebotó contra la bañera y luego derivó cual hollyday on esmaltado entre las paredes de la misma. El objeto volador identificado hizo centro sobre el empeine de mi pie derecho. Fue el tiempo del dolor y la puteada, después llegó el de la reflexión. Porque uno está preparado para agresiones conocidas, amenazas con marcas registradas, censadas en la pulsión cotidiana. Había aprendido que el fuego quemaba, pero no que el jabón podía atacarme.
¿Qué hice?, anoté al posible agresor en la lista de utensilios con capacidad de lastimar: jabón: hace arder los ojos, puede hacerme patinar para terminar estrellado debajo del firmamento, puede clavarse -como estaca impulsada por el gran Peter Cushing sobre el pecho del otro grande: Christopher Lee- sobre casi todas las partes de la humanidad de cualquier pajarón que tanto se preocupa por la limpieza. Una vez censado, el jabón ya no podría tener todas las facilidades para hacerme daño: cuestión de moverse con las antenas paradas, diría un agradecido Gregorio Samsa.
Pensé en todas estas cuestiones y creí que la disertación interna guardaba cierta cordura o lógica. Pero después salí a la calle.
En la esquina de Estados Unidos y Jujuy, luego de saludar a Lucas, el diariero, y a Gabriel, el empleado de la carnicería que terminaba de acomodar su moto en la vereda, vi cómo una joven damisela de buen revolotear esquinero, hablaba apasionadamente por su celular. Ademanes, risas, giros rápidos y un movimiento repetido de todo su cuerpo que sugería sorpresa, y no me equivocaba, lo supe cuando la escuché repetir una especie de estribillo no muy original: ¿En serio, boluda? Pero el asunto que se planteaba no era la conversación, sino su danza. No estaba parada sobre el cordón, se mantenía voyante sobre la calle, como si esperara que un viento fuerte por fin se la llevara del barrio de San Cristóbal. Al parecer había brisa dudante porque ella seguía hablando fuera de tiempo, y sí, también fuera de lugar. Los autos le pasaban cerca y cerquita, pero la niña no dejaba de hablar con la que debía ser, a juzgar por la repetición del término, decididamente una boluda, que no entendía y que en consecuencia demoraba una decisión vital de parte de mi observada. Cualquier conductor podía llevársela puesta, sin embargo ella siguió en su mundo ausente cuando emprendí mi caminata.
No había llegado a la esquina de Jujuy e Independencia cuando vi que una dulce viejecita, una abuelita, santa y perfecta como todas, se largaba a cruzar la avenida jujeña a mitad de cuadra y en diagonal. A no ser que la señora mayor estuviera siguiendo las indicaciones de un mapa que en teoría la conducía al descubrimiento de un tesoro, me dije: la dama está cometiendo una pequeña gran locura. Más claro lo tuve cuando reparé en la velocidad de avance en pista y la especial atracción que ejercía la fuerza de gravedad de la cintura para arriba de la doña. Encorvada y adicta a las pastillas de freno, se mandó a buscar el tesoro al final del arco iris. Se ve que no tenía en cuenta que los gnomos, con seguridad, ya se lo habían birlado y que con la guita habían comprado autos, muchos autos, como los que, no sé si en ese momento explícitamente conducidos por gnomos, la esquivaban por lástima o porque no querían demorarse con el papeleo posterior y luego en el chapista. Me asombra ver cómo las acciones más arriesgadas de cruce de calles son practicadas por gente mayor, parece que la cuenta es: a menor capacidad de movimiento mayor el riesgo asumido.
Recuerdo que en mis días de pibe disfrutaba mucho con la velocidad de Meteoro. Un héroe de dibujito, novia bonita, el hermano enmascarado, un auto que saltaba abismos. Hoy, cada vez que salgo a la calle pienso en que Meteoro era uno solo y que corría en pistas diseñadas para correr o en caminos de cornisa dispuestos para la boludez del macho en velocidad. Lo pienso porque parece que estos días no alcanzan para mantener héroes y mucho menos para fundarlos. En cada caminata por avenida Jujuy veo cómo un nuevo Meteoro, clonación mediante, volvió para ser millones. Meteoros sin filosofía, sin justicia, alcanzo a pensar cuando veo una nave partir con códigos de firmamento un semáforo en rojo. Hombres en velocidad, hombres lanzados hacia el futuro, muchos refugiados tras vidrios polarizados y reforzados en la defensa con fríos anteojos oscuros.
Un caso mucho más peligroso de meteorismo es el que parido clon termina tras los mandos de un colectivo. Dueño y señor del reino de las calles ciudadanas, el señor bondinero, queda a salvo de cualquier rastro de culpa mientras aprieta del cogote al acelerador y hecha mano, por suerte solo tiene dos, a la falta total de respeto por los semejantes. Recuerdo que Meteoro, más de una vez, no sabía que en la cajuela del Mark 5 se escondían Chispita y Chito, el nene y el monito, y lo mismo ocurre con esta categoría de quía manejador que conduce, transita y aplasta en la ciudad, sin entender que lleva a un buen puñado de mortales en su pedazo de cajuela.
Insisto, yo no sabía de las facultades agresivas de un pan de jabón, pero ahora sí. Me dije que una acción lógica era anotar, guardar en la memoria, y luego acariciar mis nuevas antenas. Recuerdo que inicié la vuelta.
De regreso al barrio, a casa, caí en la tentación de espiar una vez más sobre cuál era el estado de salud de mi país, de mi mundo globalizado. Pandemia, kill the chanchos. Horror, algo parecido a Los Pájaros de Hitchcock: afuera, sí, asomándote apenas un poquito, un bicho te puede poner vuelta y vuelta sobre la parrilla. El asunto parece serio, hay hechos confirmados, hay muertos, y los muertos preocupan, ahora son más de sesenta y eran como cuarenta y cuatro cuando habló el nuevo Ministro de Salud, sí, ese al que le cuesta atar dos palabras seguidas. Llegó la porcina para quedarse, los muertos por el hambre, el frío o el dengue, deberán esperar. Primero es lo primero y los medios de comunicación la tienen clara.
El viejo Charles Fort coleccionó información de lluvias extrañas: peces, lluvias de colores, de barro, pero nunca anotó en su Libro de los condenados una lluvia diluviante de gripe porcina. Una cosa es avisar, informar, y otra muy distinta es agitar por motivaciones varias: económicas, políticas o simplemente para sumar más escuchas, lectores o televidentes. La cantidad de boludeces descubiertas en la tv a propósito de la cuestión entregan una nueva muestra gratis del momento histórico que vivimos, estamos perdidos sin mayores defensas frente a la ignorancia y las conveniencias de turno. La peste ataca al mundo todo, y al igual que ante un aviso de invasión marciana en las pampas, es necesario que la gente sepa, ante todo, cómo enloquecerse, y para eso te asusto con el plato volador, los hombrecitos verdes y los chanchos. Busqué cambiar el foco informativo frente a toda esta ola de miedo supremo, y llegué a una noticia recogida en el blog del escritor Carlos Rigel (diariopersonalrigel.blogspot.com): Deschanchizar la pandemia. Debido al descuajeringado alerta mundial de Pandemia de Gripe Porcina -que parece que sí pero también que no, entre el 4 y el 5 de 6, según la OMS-, la Asociación Internacional de Cerdos (AIC), la Federación Mundial de Chanchos Unidos (FMCU) y la Fundación Felices los Cerdos de Orwell, deslindan responsabilidades con la misma. “Hay que avanzar hacia la deschanchización de la pandemia”. A su vez el Senado de la Nación y la Asociación de Jueces reportan numerosas ausencias laborales injustificadas en las distintos rubros regionales de cada gremio y se declaran en sesión permanente.”Todos los cerdos somos iguales ante la ley, aunque algunos sean más iguales que otros, pero eso no quiere decir nada”. También ponen en conocimiento público que se descontarán los días no trabajados de no presentar los comprobantes médicos extendidos por organismos oficiales. Sí, busqué aire limpio para poder respirar un toque de cordura ácida, a lo Rigel..
La amenaza está presente, y la duda es cuánto es lo que hay de verdad; en el agite diario se pierde la cuestión central y prima la estupidez. Haría falta que el estado dejara de jugar a las escondidas a la hora de bajar la información, y a la hora de tomar las medidas necesarias para combatir el virus: tres vivas por la instalación sin cargo de un centro informativo, operativo y decisorio único para desmalezar la cuestión. Deseos de buen funcionamiento: muchachos, trabajen con la verdad, a mantenerse libres de ataduras económicas, a ser creíbles.
Y a no descuidar un detalle: nosotros. Son, y cada vez en mayor número en esta sociedad, los que eligen sentirse inmortales y proceder en consecuencia: si no me preocupo por mi vida poco o nada voy a preocuparme por la vida de mis semejantes. Este es otro virus peligroso que desde hace tiempo nos viene pegando feo. Me paro distraída en cualquier lado porque hablo por celular, cruzo la calle por donde se me ocurre, manejo a toda velocidad, me olvido de que llevo cuarenta vidas a bordo, y ahora, que me aseguran que la gripe A (H1N1) avanza a pie firme, decido concurrir a lugares cerrados y desbordantes de humanidad para encontrarle un sentido a la vida.

domingo 15 de marzo de 2009

El álbum del presidente


Los discípulos de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes se honran dedicando á su digno y querido Presidente este humilde obsequio, fruto de los estudios seguidos por cada uno de los firmantes en la institución por él presidida.
Crea el señor Gallardo que en la mente de cada uno de los que contribuyeron á la confección de este album, no se atribuye á la obra otro mérito que el que pueda tener como prueba de muy sincera gratitud y cariño hácia la persona de su Presidente.
Acepte, pues, como tal la ofrenda, despojada de valor en la forma, pero encerrando en el fondo un sentimiento que sólo pueden despertar aquellos que, como el señor Gallardo, sacrifican tiempo, intereses y paciencia en pró de unos cuantos obreros modestos del arte, tan abandonado por todos en esta nuestra patria.
León Gallardo, el presidente de Estímulo de Bellas Artes allá por 1891, era quien pagaba el alquiler del lugar donde funcionaba la institución y quien pagaba los sueldos de los profesores: Reinaldo Giudici, autor de La sopa de los pobres, y Ángel Della Valle, autor de La vuelta del malón; las dos obras pertenecen al Museo Nacional de Bellas Artes.
Desde el techo de una de las vitrinas de la biblioteca de la Asociación, cuyo edificio en la actualidad está ubicado en la esquina de Maipú y Córdoba, da su presente el busto de León Gallardo, obra realizada por el escultor Juan Arduino. A un lado de la figura hay otro mueble: de gran porte, pesado, también de puertas vidriadas y lleno de libros. Los vidrios terminan con los misterios, pero no así la madera y mucho menos un mueble como el descripto.
Fue detrás de ese mueble que en el año 1985 se encontró un álbum-obsequio dirigido al señor Gallardo. Los extraños caminos del papel y el cartón en el momento de sus históricos y cíclicos deslizamientos no impiden el interrogante: ¿por qué el presidente Gallardo no se llevó la carpeta? Las palabras escritas por los alumnos en el texto de presentación, imagino, habrían hecho que el señor Gallardo atesorara el obsequio con sincera emoción. Quizá el motivo esté anotado en el busto de Arduino; en su parte trasera se consigna la fecha de muerte de Gallardo: 14 de junio de 1892.
Los dibujos que componen el álbum están firmados, muchos son de una calidad innegable, y entre los apellidos que se leen con claridad se encuentran: R. Cánepa; D. G. del Castillo (julio 31 de 1891); Santiago Queirolo (misma fecha); Alfonso A. Forns (agosto 7, 1891); Vicente Barone; Santiago Gilardone; Francisco Marzorati (agosto 10, 1891); Alejandro Deffis (julio 27, 1891); L. Colombo (julio 1891). Todos los trabajos fueron realizados en el mismo año; las preguntas: ¿cuándo se armó el obsequio?, ¿quién puede saber si llegó a manos de León Gallardo?, ¿fue la muerte del destinatario la razón por la que los dibujos siguen en la institución?
Algunas preguntas más, ¿cuándo la historia o el misterio de la historia quiso o mandó a que el álbum se deslizara tras el mueble de la biblioteca?, ¿quién llevó el álbum hasta el edificio actual?, ¿cuántas personas olvidaron la presencia?, ¿quién pudo dar noticia de la desaparición y calló?
Pero todavía falta una pieza en el rompecabezas, y el faltante no es la solución, sino otra pregunta sin respuesta. La Asociación guarda muy poca información sobre su historia, el cuento aparece quebrado y muchas son las puntas que al parecer se pulverizaron: hay un documento escrito por Ofelia Manzi que abarca desde la fundación, 23 de octubre de 1876, hasta el año 1905. Luego hay testimonios parciales. La historia de Estímulo de Bellas Artes aparece pintada entre sombras. Faltan algunos libros de actas, y en otros el trazo se hace ilegible. El juego de la memoria tiene sus riesgos.
Del material disponible se desprende la siguiente seguidilla de direcciones en las que funcionó la escuela de arte. En 1876 tenía su sede en los altos de Moreno 360; en 1881, en los altos del Teatro Colón; en 1888, en Lavalle 59; en 1898, en Florida 783, en los altos de las Galerías Pacífico; luego en el Pasaje Barolo; después en el barrio de Barracas; en 1938, en Bernardo de Irigoyen 553; y recién en 1940 llega a su edificio definitivo. No existe un registro certero del día de cada apertura, y tampoco el rastro calendario de cada mudanza. Entonces, ¿en qué lugar, Lavalle 59 o Florida 783, los alumnos decidieron el álbum-obsequio para el presidente Gallardo?
La casualidad quiso que días antes de entrarle a esta parte de la historia de Estímulo de Bellas Artes, me encontrara leyendo el libro Campo Santo del escritor alemán W. G. Sebald; entre sus artículos figura El remordimiento del corazón: Sobre la memoria y crueldad en la obra de Peter Weiss. Sebald anota que Weiss, pintor y escritor, es autor del libro La estética de la resistencia, y que desde sus páginas se enfrenta con “el arte del olvido”. Dice Sebald que para Weiss: [...] Escribir es intentar, a pesar de todos nuestros “desfallecimientos” y “ausencias”, “mantener el equilibrio entre los vivos con todos los muertos que llevamos dentro, con nuestro lamento por los muertos y con nuestra propia muerte, que tenemos ante los ojos”, para activar el recuerdo, que es lo único que justifica la supervivencia a la sombra de la montaña de culpa. Sebald arriesga su certeza: Sin embargo, la obra de Peter Weiss demuestra, con mayor claridad que la de cualquier otro contemporáneo, que la memoria abstracta de los muertos puede poco frente a las tentaciones de la pérdida de la memoria [...].
El enfrentamiento es duro; en la calle, en cada uno de los días, se libra la partida de ajedrez entre la memoria y la desmemoria. Son tiempos en que es necesario recuperar más de una de las llaves utilizadas por nuestros muertos. Es mentira que sólo descontando memoria, podemos hacer lugar para la nueva. Sin darnos cuenta nos llevan, miserias globalizadas mediante, a la lógica de la memoria que hace posible la computadora, los celulares o los mp3: borrar aquello que parece obsoleto, tachar, olvidar (ahí la flecha indicadora), y sólo dar lugar (oportunidad) a lo nuevo, a lo recién plantado.
¿En qué lugar, el 25 de julio de 1903, mientras esperaba para dar una clase, murió el ya director Ángel Della Valle?, ¿en qué lugar daba clases a esos alumnos que llevaron, prácticamente a mano, su ataúd hasta la Recoleta? La historia no me dice dónde, pero cuenta del gesto de sus alumnos.
En junio de 1940, con motivo de la inauguración del edificio definitivo de la Asociación, se organizó una muestra con obras de los socios fallecidos de la institución. La historia dice que dos muertos: los profesores Reinaldo Giudici y Ángel Della Valle, luego de la muerte de León Gallardo, dejaron de cobrar un salario y siguieron enseñando gratis.
La historia dice que en apariencia ninguno de los firmantes del álbum-obsequio logró destacarse como plástico. La historia dice que quedó, como siempre, la felicidad por el trabajo realizado. Obreros modestos del arte, se autodefinen en el mientras tanto del feliz intento.
De activar el recuerdo se trata, el mismo Sebald afirmó en una entrevista: Recordar a los muertos nos distingue de los animales.
Son alrededor de sesenta dibujos. Lápiz suave, sombra marcada. Cartulinas vestidas o rodeadas, tomadas, por fantasmas nacidos en el amarillo del abismo. Pedazos faltantes en los bordes de las obras, quebraduras de los blancos sobrevivientes. Sin embargo, es sabido que el tiempo se pinta, se escribe, se actúa, para que alguien, algunos, lo refunden en la memoria. Y para que la noticia de la nueva fundación sea luego contada en un café, en un periódico de barrio, en una radio, en una Ciudad Autónoma toda, a los que no estaban enterados.
Una marca, una señal, una pista, el dato cierto: en la esquina de Maipú y Córdoba, dentro de la Asociación Estímulo de Bellas Artes, en su sala de exposiciones, habrá un grupo de artistas muertos que expondrán sus obras.
Llegó el momento para que la muestra se hiciera realidad. Los trabajos fueron restaurados hasta donde fue posible y protegidos para ser exhibidos. Todo está listo.
Desde el seno de la actual Comisión Directiva de la Asociación se afirma que se organizó la muestra en homenaje a León Gallardo, a los profesores Giudici y Della Valle, al escultor Juan Arduino y a los alumnos. Se afirma también que otro mundo es posible, siempre y cuando se esté del lado de la memoria.
En esta Ciudad Autónoma, en este país, se inaugurará el 6 de abril la muestra donde se podrá contemplar la totalidad del álbum-obsequio para el señor León Gallardo. La exposición permanecerá abierta hasta el 30 del mismo mes.

martes 18 de noviembre de 2008

La escritura de Edgardo Lois

por Mónica López Ocón (*)

Los textos de Edgardo Lois pueden reconocerse aunque no tengan su firma. Ya se trate de una novela extensa y literariamente ambiciosa como Morir por Perón, o de apuntes rápidos sobre situaciones concretas, sus notas literario-periodísticas publicadas en el periódico Desde Boedo y reunidas en Miradas escritas al acrílico. El dato no es anecdótico, ya que el reconocimiento se da partir de que Lois ha generado en su literatura un mundo propio.
Ese mundo es, fundamentalmente, un mundo urbano, en el que aparecen personajes de Buenos Aires que no son precisamente los que recoge cierto folklore ciudadano de exportación. Por lo general se trata de personajes que sufren cierto tipo de marginalidad, de exclusión social, desde quien vive a la intemperie en una esquina (Vampiros en la mitología de la tristeza o Del exilio dentro de la misma casa (tango novelado)) a quien pierde de a poco su biblioteca a la que va vendiendo a precios módicos para sobrevivir día a día.
Pero esa mirada sobre lo social es, sin embargo, intimista: se posa sobre el detalle, sobre lo pequeño, sobre el gesto ínfimo a través del cual puede intuirse la gran tragedia, el derrumbe interior. Bares, esquinas, interiores sombríos, librerías, son los espacios fundamentales de sus relatos. Sus historias se desencadenan indistintamente a partir de un personaje o de un acontecimiento a veces mínimo en cuanto anécdota, pero que logra significación a través de la escritura.
La actitud del narrador frente a los personajes –cuya sordidez, por momentos, recuerda a los de El astillero de Onetti– es de una piedad áspera, de una ternura siempre contenida.
En Morir por Perón Lois apuesta a una jugada mezcla discursiva. Lejos de “novelar” el contexto histórico en que se desarrolla la novela, elige incluir directamente el relato histórico, sin ningún tipo de “maquillaje” novelístico, con lo que crea en la novela un interesante juego entre “la realidad” (con todo lo conflictivo y difícil de definir que conlleva el concepto) y “la ficción”. Es decir que la historia, contada “en crudo”, actúa a modo de “afuera”, de marco de referencia de la historia ficcional y, a la vez, al incluirse en ella, se “ficcionaliza”.
Por último, creo que puede atribuírsele a Lois, una nueva fundación de Buenos Aires. Ha refundado una ciudad que es reconocible más que por presencia, por omisión. Según Borges, en el Corán, libro árabe por excelencia, no hay camellos precisamente porque fue escrito por un árabe. En la Buenos Aires de Lois no hay obelisco, ni “porteños” prefabricados, ni ninguno de los elementos que se toman como emblemáticos de la ciudad. Es la ausencia de ese “color local” “fabricado” con intenciones literarias que tanto repugnaba a Borges, lo que hace que la Buenos Aires de Lois sea reconocible como Buenos Aires.

(*) Periodista y escritora, editora de cultura de la revista Noticias y colaboradora de la revista Ñ.

viernes 8 de agosto de 2008

El proceso de la soledad


Empezamos a escribir en soledad, con vergüenza, con una mezcla de miedo y valentía. Empezamos a escribir porque se hizo insoportable practicar la lectura como deporte único, la maravillosa lectura que también necesitó de la soledad para expresarse. Es desde la soledad que la lectura y la escritura pueden hacerse un lugar en la mañana.
El proceso de escritura comienza en la privacidad absoluta, se escribe para uno mismo, quizá para mirarnos, para espiar mientras la respiración da los primeros pasos. A la vuelta de los años cada vez estoy más convencido de que la escritura es una cuestión respiratoria, la búsqueda del equilibrio dentro del camino, también de búsqueda, que puede llevar o no a la voz propia.
Luego de un tiempo, la vida de agente secreto da el primer viraje y en el juego de mirar, el proyecto de autor comienza a enseñar sus primeras páginas a su círculo más cercano, si hay paisaje favorable, será en la familia donde el secreto desatará la tinta. Después llega el tiempo de los amigos, siempre los más cercanos, y ellos serán los que leerán (sólo porque son cortitos) los acertijos (escribí por suerte muchos) que exentos de todo valor literario, se transforman en unos pocos meses en materia indescifrable hasta para el autor. Luego de la familia y los amigos, será el tiempo para todo aquel que quede a tiro de lectura, que mansamente se entregue al sacrificio ritual de leer unas hojitas sueltas. Toda esta mecánica en funcionamiento, escritura en soledad y lectura de los otros en el afuera, empuja al dueño de la lapicera a querer escribir más y, en el mejor de los casos, a querer hacerlo de la mejor manera posible (se puede encontrar un buen maestro en un taller de escritura, pero no es fácil, los escribidores que necesitan de la mensualidad son plaga; en cambio es ayuda decisiva confiar en las lecturas elegidas y simplemente disfrutar de ellas). Hay que estar preparados, porque escribir mejor no siempre sucede, no es una ley de la naturaleza, en este costado de la vida no todas los chupetines Topolín vienen con sorpresa. Para escribir más y mejor, el dueño de la lapicera necesitará más de lo mismo: soledad.
Es muy posible que los días de laborioso solitario traigan como consecuencia el establecimiento del oficio junto a su cara y buen nombre; a la hora de presentarlo frente a un extraño, algunos dirán como complemento: escribe, y ahí el extraño pondrá cara de mirar a un extraño o de estar mirando a otro payaso más que dice que escribe. Porque, a no engañarse, que este mundo parece circo por tanto payaso escritor que anda suelto; es muy fácil encontrar poetas en Buenos Aires, siempre digo que esta es una ciudad en la que no debería haber baldosas flojas, porque es debajo de ellas donde pueden vivir hasta cincuenta poetas, y todos injustamente ignorados por el sistema.
En el camino de la escritura de los primeros tiempos, el dueño de la lapicera cuenta con un puñado de relatos que considera los mejores, y es casi seguro que se va a topar en su ruta de iniciado con la posibilidad de aparecer en una antología editada en los arrabales del mundillo literario. Dos relatos, tres con suerte, irán a parar a letra de molde y en comunidad: diez o doce noveles frente al gran desafío de bancar la edición.
En los momentos de la antología, el aspirante todavía no ha podido terminar con el proceso de desmierdado de su mano y cabeza, es más, salvo que sea caso de genialidad, está a poco de haberlo comenzado. Salvo el genio, los demás venimos al mundo de las artes con las manos llenas de mierda, y si las manos lo están, la cabecita también. No hay nada mejor que escribir mucho y malo, escribir acertijos con límite de utilidad, es decir textos que sólo duren el tiempo en que el autor todavía pueda explicárselos; es bueno porque es con el trabajo fallido que la mierda se va gastando, la mano desmierdada gana en seguridad, en posible tranquilidad; es la única manera en que el interesado pueda comenzar con la respiración dentro de la escritura, y lo mismo ocurre con las ideas, el paisaje se va aclarando, se va entendiendo que, por ejemplo, no es bueno querer abarcar el todo cuando todavía estamos tomando carrera para ver si nos alcanza el envión para llegar a algún lado, y que siempre hay que elegir lo que se quiere contar, y para hacerlo hay que hacer foco y primeros planos sobre apenas un puñado de cuestiones. El encuentro con la tranquilidad que entrega la progresiva limpieza de mano y cabeza puede llevar al dueño de la lapicera a encontrarse con lo que diferencia a un escritor de un escriba, el escritor sabe que debe trabajar y que para ello necesita de la libertad, en cambio el escriba vive apurado por la necesidad de generar páginas brillantes (y si brillan famosas: el ego agradecido). No hay mejor manera de desmierdarse que hacerlo en soledad, o sea, hacer como todos los días: trabajar, vivir en órbita alrededor de la escritura.
Terminado el momento de la letra de molde compartida, aparece el desafío del libro propio, otra vez y siempre: solito y solo: el libro de autor, por factura de edición y autoría. La antología fue algo así como abrir la puerta para salir a jugar, el libro propio es el regreso a la soledad, a casa, a una soledad que tiene un registro distinto, pero que ahí está: al editar seguimos tan solos como cuando aparecieron las primeras líneas de la historia.
Si el proceso de crecimiento del autor es saludado con la suerte, a esa altura contará con un círculo de lectores especializado, y maravilloso será que en sus mesas de café se sienten pares que sean dueños de un buen pulso con la lapicera y el consejo. De nada sirve ser el rey de los escritores del café de la esquina, el desafío está en rodearse de autores que escriban mejor que quien todavía busca hacerse para encontrar su posible voz. Una buena manera de vivir es ir acompañado de referentes en el proceso de la soledad.
Por lo general el primer libro suele abrir el camino “adulto” de la escritura. Luego del acto fundacional, espera el trabajo a conciencia. La historia dirá si el escritor en ciernes va de crecimiento o si se quedó en las gateras, pero eso nadie lo sabe, lo seguro está en la presencia del trabajo solitario. Escribir lleva una vida: nadie es escritor en un año, y nadie es escritor porque sepa poner todos los puntos y las comas (más allá de que hay que aprender a usarlos bien). Los libros que vayan apareciendo apuntalarán o no el oficio del escritor, y esto nada tiene que ver con el éxito editorial, un asunto que empieza con un “después” de escritura que nada tiene que ver con la escritura propiamente dicha.
La soledad de la escritura conduce a actos inevitables de egoísmo porque no hay manera de compartir ciertos momentos, y entonces sólo aparecen las migajas. Se pueden contar algunas de las aventuras vividas en el trabajo de escritura de una novela, pero al ser referidas adquieren la careta de anécdota simple, una más; así la recibe el que escucha, que se interesará más o menos en la cuestión, pero el autor sabe que para él fue otra cosa, la marca fue otra: secreta e intransferible. Quizás uno de los mayores placeres para quien escribe sea vivir el proceso en que ciertos momentos de la vida cotidiana se van guardando en apariencias diversas dentro de la historia que está contando: una cara en el colectivo que le recuerda a la odiada profesora de castellano de tercer año, Clarita Di Nisio; el diseño de una pistola automática que vio en la película del domingo a la tarde; el recuerdo de la muerte del escritor japonés Yukio Mishima (1925-1970) aparecida en la charla. Luego la historia avanza, se escribe, y en ella quedan los detalles venidos desde distintos universos: retazos, hilachas, elementos varios que giran en órbita alrededor de la escritura, también en silencio, en soledad.
La soledad tiene, como todo, diversas caras, y entre las que pueden tocarle a un escritor, hay dos que le hacen tomar aire para poder renovar fuerzas y sentarse para seguir con su trabajo. Pienso en los que sí son escritores o que van en camino de serlo, no en el que juega a la escritura como motor para el encuentro social, no digo que este entretenimiento sea malo, pero el esfuerzo, el compromiso del escritor “verdadero” es distinto. Al no ser reconocido, el escritor, y así lo hace la mayoría de ellos, intenta presentarse en sociedad. Podría decirse que está obligado al intento. Como primer paso: la presentación del libro, y como segundo: el intento con la prensa en los medios de comunicación. Es sabido que los lugares de la prensa están acotados por un sin fin de condicionantes, y es casi seguro que un escritor que no venga apoyado por un sello editor importante o con suficiente dinero para comprar espacios, terminará en soledad a la hora de algún comentario o difusión.
Ahora bien, la suerte, podría creerse, debería ser distinta con la presentación. Pero la tristeza inunda los recintos donde se llevan a cabo las presentaciones de libros (de escritores) por fuera de la industria. Vi dieciocho personas en la última a la que fui, la cifra incluía al autor, al presentador y al músico acompañante. Está claro, nadie puede exigir la presencia a ninguna persona y, por muchas razones, la asistencia a eventos culturales va en seguro declive. A estas presentaciones se invita a los amigos (que por lo general no leen los libros del amigo escritor), familiares, personas conocidas, personas convocadas por afinidad de actividades, desde ya periodistas que jamás asisten, y el escritor que, de tanto invitarse, a esta altura debería saber que se escribe, siempre, en soledad y que también se vive en ella.

domingo 23 de marzo de 2008

Los hombres de la bolsa

La puerta de madera del ascensor se cierra. Giro para empezar a caminar hacia la puerta del edificio, y me encuentro con dos policías que vienen hacia mí. El primero lleva puestos unos guantes blancos de latex, el segundo se los acomoda mientras hace malabarismos con la bolsa negra que lleva entre las manos. La bolsa con letras en azul es la bolsa portacadáveres que mil veces vi en la televisión. Me digo que para mí no es, no puede ser si todavía viajo en ascensor.
La viejita del tercero, dice el encargado.
Voy camino al mercadito, apenas unos segundos atrás sólo pensaba en qué ofrecerle de cena a mi piba de Escalada.
Afuera del edificio dos patrulleros 911 aguardan bajo los árboles de la cuadra, una camioneta con las puertas de la caja trasera cerradas avisa que ella pertenece a la misma familia de los azul y celeste.
En mi camino busqué y encontré baldosas rotas en las veredas; vi una paloma fresca estampillada sobre el asfalto; miré el changuito de todos los días encadenado a la reja de una ventana, es propiedad de la mujer que vive en la calle desde hace años, la del gorrito de lana para invierno y verano.
El sabor raro en mi boca avisa, un posible sabor a susto por estar vivo, porque en algún momento habrá que morir, que transitar.
Cambié de planes, mercadito afuera, bienvenida la fábrica de pastas: tarta de zapallitos y empanadas, vino tinto en copas y ella agradecida.
Cuando el regreso, los móviles de azul y celeste ya no estaban, el encargado tampoco, sólo el policía de consigna avisaba, después lo supe, ¡cuidado!, porque es muerte dudosa.
Alrededor de las nueve de la noche llega mi piba de Escalada, lo pienso mientras miro la bolsita blanca donde transporto la cena.

martes 4 de marzo de 2008

Tromba marina en Buenos Aires

Presión mínima a la tecla de encendido de la TV. Luz ambiente casi nula, elijo la penumbra en este domingo de tormenta sobre Buenos Aires. Domingo amanecido luego de mi sábado de tormenta; domingo lento, sin sentido. En uno de los canales de noticias Buenos Aires se inunda y puertas adentro mi día no tiene norte, un día sin para qué, veinticuatro horas a puro tango.
La lluvia en imágenes, la calle, la esquina de Santa Fe y Humboldt, el caos en el tránsito, lo de siempre hasta el videograph y la foto. Una presencia de fino cucurucho se suelta de una gran nube oscura e intenta llegar a la superficie del agua. Esa es su apariencia, un cucurucho que quiere y no puede, que termina en una nebulosa, como cuando el aire se quema sobre el fuego. Son dos, una parejita de cucuruchos; al pie de la imagen las letras de molde anuncian, definen: tromba. En distintos canales de cable el mismo experto explica: las palabras giran, como en tromba, alrededor del calentamiento global. Los periodistas necesitan confirmar el riesgo: ¿puede la tromba llegar a tierra?
La amenaza marina dio de lleno sobre el terreno de mi memoria. Una tromba de descorche llevó mi noche de día domingo hasta mi infancia. Recordé que de pibe había leído la palabra y que cuando la repetía me daba una sensación de inmensidad, una palabra total; algo así debe suceder con el término “Dios” en la boca de sus seguidores. Tromba sonaba importante, y ese detalle era la punta del cucurucho del recuerdo. Creí, creo, ver un dibujito de una tromba, quizás dentro de un cuadro de historieta, blanco y negro, y solitario como tromba en mi regreso un tanto amarrete.
Un amigo me dijo que pensó que la palabra tromba era un invento de los medios. Le expliqué que no, que la palabra encierra cierta poética de la devastación, y que primero pasó por mi casa el sábado a la noche; después, en domingo, hizo como que venía por primera vez al vocabulario de estas tierras.